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LO TOLERABLE Y LO INTOLERABLE by Pedro Uribe

(Ensayo realizado como parte del MASTER EN FILOSOFÍA EN UN MUNDO GLOBAL, UPV-EHU)


En un reciente estudio empírico que realicé dentro mi Alma Mater, pude establecer un fuerte criterio sobre la concepción de tolerancia que tenían los jóvenes estudiantes de la misma. Me causó gran preocupación el saber que su concepción de tolerancia va de la mano con la de indiferencia, es decir, son tolerantes en cuanto a las personas que no comparten sus ideas aspiran que no se metan con ellos de manera directa, y sus concepciones no afecten las propias. Esto tiene cierta semejanza con la concepción que tienen los japoneses sobre la tolerancia, ya que no existe una práctica intolerante directa; es decir, los japoneses plantean un “respeto” para con los que piensan distinto que ellos, siempre y cuando halla un correlativo reconocimiento de su cultura.

Al respecto, Yujiro Nakamura, establece que:
Este es el modo como se logra la subordinación a los valores dominantes en la sociedad japonesa. Es como si alguien dijera: «Puesto que todos actúan así, lo mejor será que tu también hagas lo mismo», pero no hay ninguna orden explícita. «El régimen de tenno» es un poder que exige la pertenencia al lugar, un poder que expulsa a los que se oponen al lugar común. Cuando alguien critica los valores dominantes de manera radical, sobretodo si llega hasta la negación misma del «régimen de tenno», algunas veces se llegará a pensar: «Es preciso expulsar a esta gente de nuestro país»[1]


Así tenemos que, para los japoneses, no interesan tus concepciones religiosas o políticas, ni siquiera si estas en desacuerdo con el régimen gubernamental japonés, siempre y cuando seas japonés. Si no lo eres, puedes disentir, ser y pensar distinto, siempre y cuando no lo manifiestes públicamente, ya que esto no es aceptable, pues no perteneces al “lugar común” que ellos conciben como nación. Pero, obviamente que esta circunstancia puede resultar inclusive beneficiosa para un país como Japón, cuya cultura, a diferencia de Occidente, se ve sustentada en la cultura de la vergüenza y no la de la culpabilidad, y si bien no practican una intolerancia directa, si existe exclusión, que puede degenerar en intolerancia.

Toda esta concepción excluyente, considero que no va de la mano con una verdadera cultura de la tolerancia, ya que para su ejercicio siempre tenemos que partir de la existencia de verdades parciales diferentes a las nuestras, y que como único aspecto en el cual todos los seres humanos debemos coincidir, es que cada persona, si distinción de raza, sexo, credo, nacionalidad, etc., tiene dignidad y ahí es a donde debe apuntar el ejercicio efectivo de la cultura de la tolerancia, por cuanto, “Tolerar significa, entonces, aceptar la idea de que los hombres no se definen simplemente como libres e iguales ante el derecho, sino que la categoría de hombre corresponde a todos los seres humanos sin excepción”[2]


La sociedad actual, del conocimiento y la globalización, requiere la confluencia de diversas corrientes del pensamiento, y la interacción de diversas culturas y tendencias, En este ámbito de acción es la tolerancia “la columna vertebral que garantiza la función interactiva de nuestra democracia moderna”[3], ya que concebir una democracia que no reconozca la pluralidad suena un poco desfasado en el Siglo XXI. Aun así, al pensar que estando en esta época de avances tecnológicos y de constante innovación no existen en el mundo problemas que tienen graves consecuencias para la humanidad, sería simplemente actuar indiferentemente, y eso no es lo ideal para la salud social global.

A pesar de todo lo que se ha escrito y lo que se ha establecido sobre desigualdades, torturas y terrores que afectan esa dignidad humana de la que ya hablé, las mismas van cada día aferrándose en un planeta en el que conviven seres humanos individuales, diferentes, peculiares, pero al final seres humanos con la misma esencia y el mismo derecho a ser respetados en su complejidad. Así lo estableció la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en su artículo 1 al disponer que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”[4].

Las desigualdades, la tortura, el menosprecio, la exclusión, la barbarie, existen y cada día vemos razones justificadoras de las mismas, y muchas veces esas razones tratan de fundamentarse en la tolerancia, así como los miembros de la comunidad internacional basan su reconocimiento de regímenes dictatoriales, genocidas y vulneradores de los más elementales derechos, en la indiferencia complaciente y en lo que ellos llaman tolerancia de la diversidad de culturas. Ese principio de la “autodeterminación de los pueblos”, suele ser usado constantemente para tapar los sufrimientos de los miembros de una nación o de un pueblo.

Pero es innegable que la sociedad actual es una sociedad multicultural y que las diferencias atinentes a la naturaleza del ser humano generan conflictos, y la idea es concebir las formas, las herramientas para que las diferencias, y los conflictos sean solucionados siempre preservando la dignidad de cada uno de los seres humanos, y si bien la tarea es ardua, con base a la razón de la que hemos sido dotados como especie, es necesario conseguir un equilibrio entre tolerancia e intolerancia, dejar de lado la concepción negativa de la intolerancia y trabajar sobre el sentido de la imposibilidad de tolerar determinadas actitudes que atenten contra el ser humano, así como pretender establecer una serie de valores universales que configuren la utopía de convivencia y paz para la humanidad, o aunque sea para determinados grupos sociales.

Esta labor, debe partir desde la enseñanza de una concepción crítica de la tolerancia, que he tratado de establecer como aquella basada en las ideas para que sean confrontadas, siempre para buscar las verdades que se complementan. Es decir, la unión de esas verdades parciales que abundan en el planeta. Tolerancia que va a guiar a los miembros de una sociedad en la consecución del bien común, y la que se tiene que conjugar con las diversas ideologías políticas, religiosas, morales, sociales, etc., para generar una colectividad efectivamente plural en la que la convivencia pacífica sea la regla y la intolerancia la excepción constante.

En este orden de ideas, sobre la intolerancia, como antónimo de tolerancia, es necesario hacer énfasis en que la misma configura tanto un aspecto positivo en la persona, como uno negativo, y que corresponde a nuestra labor cognoscitiva imbuida de principios y valores, determinar cuando se debe ser tolerante y cuando debe serse intolerante. Pero, considero elemental establecer pertinentemente mis criterios al respecto, y para ello, debo plasmar la interrogante y su consecuente respuesta que formula Mohammed Talbi:
¿Se puede realmente tolerar todo? Por cierto que no. Llega un momento en que inevitablemente nos encontramos con lo intolerable, en cuyo caso la tolerancia es inadmisible y la intolerancia deviene un imperativo. El problema es saber cuándo. Si se postula una tolerancia ilimitada, que no deja margen a la intolerancia, a ninguna excepción, ya no es posible hacer uso de nuestra capacidad de juzgar.[5]


Si la tolerancia no tuviera límites, se estaría dando pie a que cualquier ideología completamente absurda surgiera. Podríamos estar en presencia de resurgimientos de tendencias como el nazismo o el racismo al estilo Ku Klux Klan, en sus peores demostraciones, los cuales dejaron algunos gérmenes en las sociedades mundiales, y que se han tratado de manifestar en un mundo que se ve plagado de conflictividad social antagónica a su desarrollo industrial y tecnológico. No se puede caer en un extremo relativismo. No podemos concebir la tolerancia sobre aquellas actitudes que pretenden cercenar los valores democráticos fundamentales, ni los que pretenden anular la libertad fundamental de pensamiento, y menos aun la de expresión.

¿Esto quiere decir que concibo los derechos humanos fundamentales como límites a la tolerancia? Sí. Así lo creo. No comparto la posibilidad de existencia de ningún régimen que vulnere la esencia que nos diferencia de los demás animales. Considero que han sido muchos años de luchas y de derramamientos de sangre para conseguir plasmar, sobre papel, esos estándares mínimos que deben respetarse. Los autores José Antonio Marina y María de la Válgoma, en su libro “La Lucha por la Dignidad”, establecen cuatro tesis sobre el tema[6]. En primer lugar, que la humanidad siempre se ha movido en búsqueda de la felicidad y la justicia; en segundo lugar, que los seres humanos deben librarse de la miseria, la ignorancia, el miedo, los dogmatismos, y el odio, para poder evolucionar de manera racional y concebir así las ideas de libertad individual, democracia seguridad jurídica y solidaridad.

Como tercera tesis, establecen, muy acertadamente que el camino a la felicidad y la justicia es afirmar el valor intrínseco de cada ser humano, su dignidad, que se complementa con la cuarta afirmación, que dispone que el valor supremo se encuentra en los derechos innatos, que llaman prelegales, es decir los derechos humanos. Por tanto, esa lucha por la dignidad humana que por tantos siglos se ha emprendido no debe ser en vano, y son estos derechos fundamentales, los límites de la tolerancia. Cuando, los mismos están en peligro debemos frenar la tolerancia y convertirnos en seres intolerantes, pero racionales, es decir, que la intolerancia no nos lleve a actos inhumanos, sino a plantarnos con base a la razón frente a quienes pretenden vulnerarnos.

Es, sin duda alguna, la libertad, la columna de la tesis que pretendo establecer, entendiéndola como “…la capacidad personal y el espacio público que me permiten desarrollar mi proyecto personal de felicidad.”[7]. La libertad, que es innata al individuo, quien entre más conocimiento tiene: más libre se siente, libre de pensar, libre de moverse, libre de protestar, de disentir, de asentir, de confiar, libre de vivir. La intolerancia en contra de lo intolerable, valga la redundancia, se debe dar en el plano de las ideas, del conocimiento, de la cultura, ya que los extremos guerreristas y aniquiladores del contrario no forman parte de la resistencia que debe concebir la posición franca en contra de los regímenes que pretendan disminuir la libertad del hombre.

La libertad implica la libertad de conciencia. Ésta va de la mano con la idea sobre tolerancia religiosa, que ha evolucionado claramente durante la historia de la humanidad, y que hoy día está comprometida con la búsqueda de la verdad, esas verdades parciales que posee cada sociedad, y que implica la posibilidad de escuchar argumentos aunque vayan en contra de nuestros principios, siempre que se nos demuestre que estamos equivocados, y esto conlleva que:
El derecho a la libertad de conciencia lleva aparejado el deber de liberar la conciencia. Liberarla de la ignorancia, del prejuicio, de la furia dogmática, de la sinrazón. (Omissis). El irracionalismo lleva siempre a la violencia y a la exclusión. Recuerden que la democracia se basa en la capacidad de convencernos los unos a otros. Y esto exige una valerosa grandeza.[8]


Ahora bien, la libertad de conciencia es vital, ya que nadie puede decirnos qué pensar, y está consagrado en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. El problema verdadero surge al momento de manifestar eso que pensamos: la libertad de expresión. Cercenar la libertad de expresión configura una de las actitudes intolerables generalmente llevada a cabo por los regímenes totalitarios, nacionalistas y fascistas. Es la libertad de expresión un derecho fundamental, igualmente consagrado en el artículo 19 ejusdem, y sobre ella, el autor Chavero Gazdik, dispone “…que la necesidad de poder expresar libremente y a viva voz el pensamiento ha sido entendida por las sociedades modernas como algo consustancial con la persona humana, incluso como el respirar, comer o procrear”[9].

Ya lo decía Proudhon: para desarrollar la idea de tolerancia completa, es menester concebir la libertad de expresión total[10], en aras de conseguir la instauración de un ideal de justicia, pero siempre haciendo uso de la razón crítica. La intolerancia, tanto como la tolerancia, deben fundarse en este derecho esencial como lo es la libertad de expresión, que deriva de la esencia libre del hombre. Si queremos ejercer una verdadera cultura de la tolerancia, debemos permitir el que se nos hable y se nos planteen nuevas ideas que pretendan, sustentadas en argumentos académicos sólidos, desmontar nuestras creencias dogmáticas; o, por qué no, los propios criterios que la ciencia del conocimiento nos ha otorgado, así como saber cuando reconocer nuestro error y poder afirmarnos cuando tenemos la razón.

En su ensayo “La Tragedia de la Tolerancia”, Per Ahlmark, nos explica que la misma consiste en que si bien la misma es:
…capaz de crear una sociedad humana dentro de ciertas fronteras, indirectamente puede hacer la vida imposible a la gente de otros países sometidos a gobernantes despiadados. A fin de cuentas la tolerancia frente a la intolerancia afecta a todos y conduce a la catástrofe.
En consecuencia, la manera más sabia de reaccionar ante regímenes tiránicos es, en la mayoría de los casos, enfrentarlos con determinación y no aceptar compromisos sino después de haber sopesado debidamente los riesgos. La tolerancia sólo será posible si nos mostramos intolerantes frente a gobiernos fundados en la violencia y la opresión.[11]


Pero, ¿a qué riesgos se refiere Ahlmark? El autor sostiene que cuando los países, movidos por intereses económicos se hacen de la vista gorda de las situaciones vulnerantes de los derechos humanos en determinados países en donde reinan gobiernos autoritarios, o aparentemente democráticos, y establecen comercio con ellos, deberían analizar a fondo, de qué manera su beneficio económico no coadyuva al sufrimiento de los individuos que habitan en dicho estado. Por ello sostiene, con vehemencia, y en esto no podría estar más de acuerdo, que así como la tolerancia ha generado los más bellos valores humanos de convivencia y desarrollo, la misma es una arma de doble filo, que puede seguir justificando la existencia de gobiernos de terror y de violencia.

La verdadera interrogante es cómo conciliar la tolerancia con la intolerancia, y para ello mi respuesta es la siguiente: en primer lugar, reconocer la existencia de seres humanos, individuales, con derechos y deberes, pero antes que todo, con dignidad; si reconocemos eso, nos será difícil pisotear al que piense distinto. La educación es elemental para la creación de conciencia, en la medida que la calidad educativa disminuye, creamos el ambiente propicio para la intolerancia negativa de la que hemos hablado, es decir, la intolerancia sin sustento, aquella que viene determinada por el odio, en sus diversas manifestaciones. Al ser humano hay que inculcarle en todos los ámbitos del medio educativo, la búsqueda de la verdad, y reafirmar la concepción de no existencia de verdades absolutas, porque cuando esta situación se presenta, la intolerancia no sustentada gana terreno, y la exclusión y la violencia se apersonan.

Paul Ricoeur, establece, con propiedad, sobre este tipo de intolerancia que:
…tiene su fuente en una disposición común a todos los hombres, que es la de imponer a los demás sus propias creencias, sus propias convicciones, dado que cada individuo no sólo tiene el poder para imponerlas, sino que, además, está convencido de la legitimidad de dicho poder. Dos son los aspectos esenciales de la intolerancia: la desaprobación de las creencias y convicciones de los demás, y el poder de impedir a estos últimos vivir su vida como les plazca.[12]


Es decir, la intolerancia no sustentada, como he decidido llamarla, siempre se presenta en situaciones de abuso de poder, o de momentos de autoritarismo. Plantea intrínsecamente la negación al otro de su condición humana, ya que la intolerancia “es siempre la expresión profunda de una voluntad de asegurar que forma parte del yo, de lo idéntico a sí mismo, y de destruir todo lo que se oponga a su supremacía absoluta.”[13] Por ende, es el tipo de intolerancia a atacar, es aquella que no tiene su fuente en un criterio sustentado, sino en dogmas, fanatismos y radicalismos.

Obviamente, que luchar contra la ignorancia y la intolerancia en países pobres es difícil. Por ahora esto comporta una tesis educativa, un planteamiento mitigador de los sufrimientos de los individuos que conforman grupos sociales (pueblo), quienes entre más pobres e ignorantes se vuelven manipulables y dóciles ante doctrinas que debemos considerar intolerables, y aquí es necesario apuntar, que hablamos de la intolerancia sustentada. Una actitud fundada en el conocimiento, es decir, así como hablamos de tolerancia crítica, tenemos que propagar el concepto de intolerancia sustentada en los derechos fundamentales del hombre y su dignidad.

La intolerancia sustentada, en contraposición a la no sustentada, reconoce la existencia del ser humano, su dignidad, y es una herramienta de defensa de los seres humanos, que se planta contra la intolerancia no sustentada que busca desconocer que el otro es tan ser humano como el que la practica y pretende resistir las injusticias, en busca de la solidaridad, la fraternidad y sobretodo, la proliferación del conocimiento en un mundo globalizado.


[1] La Intolerancia, 2007, Pág. 88
[2] La Intolerancia, 2007, Pág. 25
[3] H.C. Werner Weidenfeld http://www.ibe.unesco.org/fileadmin/user_upload/archive/publications/Prospects/ProspectsPdf/121s/121sweid.pdf
[4] http://www.un.org/es/documents/udhr/
[5] La Intolerancia, 2007, Pág. 46
[6] La Lucha por la dignidad, 2005. Págs. 25-29
[7] La Lucha por la Dignidad, 2005, Pág. 78
[8] La Lucha por la Dignidad, 2007, Pág. 28
[9] El Reino de la Intolerancia, el problema de la libertad de expresión en Venezuela, 2006, Pág. 29
[10] La Intolerancia, 2007, Pág. 98
[11] La Intolerancia, 2007, 106
[12] La Intolerancia, 2007, Pág. 19
[13] La Intolerancia, 2007, Pág. 22

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