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EL ODIO AL PROGRESO, EL ODIO AL ÉXITO

Ayer oía anonadado como un funcionario público como el Presidente de una República democrática decía, sin mesura alguna, que ser empresario privado era una maldición. Tales palabras no sólo afectaron mi capacidad intelectiva sino que traspasaron a niveles de orgullo propio que generan mi necesidad de plasmar estas palabras.
El ser humano es el forjador de su propio destino y, dependiendo del camino tomado, la evolución personal se verá manifestada en hechos como el progreso o el éxito. El ser humano es una compleja fusión de necesidades y sentimientos, pero también va determinado por su naturaleza racional que lucha constantemente contra sus instintos animales, y dentro de toda esta complejidad encontramos la tendencia necesaria de la mayoría de los hombres de querer progresar hasta conseguir el éxito, sea material, espiritual o ambos.

El trabajo es uno de los valores más eficaces a la hora de conseguir metas referidas al progreso, por cuanto genera en el ser humano el aprecio por el esfuerzo y la recompensa de dicho esfuerzo. Durante siglos el hombre ha luchado por conseguir reivindicaciones que reconozcan la entidad del trabajo y su relevancia social. Pero en contraposición al trabajo, siempre vamos a encontrar la empresa, el patrono, el empresario, el líder y dueño de uno de los factores de producción.

Se trata de una relación dicotómica pero con un grado de dependencia tan alto que configuran naturaleza humana esencial, y a pesar de la constante retahíla que pretende inculpar al empresario de los males que sufre el proletario, la verdad es que la necesidad de aquél cada día se acentúa, por cuanto es el empresario el dueño de la iniciativa productiva, y el que arriesga todo por una idea.

El empresario privado es el germen del éxito de una sociedad y el que puede generar desde su perspectiva el progreso colectivo del proletariado, pues él detenta las herramientas intelectivas necesarias para despertar la chispa productiva en otros, puede incentivar a sus subalternos para que sientan el olor del éxito y quieran crear nuevas ideas y ponerlas en movimiento.
Sin empresario no hay proletario, y sin empresas no hay movilidad vertical social, por ello, la actividad estadal debe estar dirigida a generar políticas de desarrollo de la actividad productiva privada, pues es la única que puede garantizar el pleno empleo.
La empresa privada genera dividendos privados, que han sido sudados y sufridos, que no salen de la nada sino que ameritan años de sacrificios y mucho trabajo en equipo para lograr metas y sueños, por ende el dinero ganado con esfuerzo es tan valioso que su destino no será fútil, y menos aún corruptible. Cuando el estado quiere asumir la posición de empresario y acaparar todas las instancias productivas, en detrimento del capital privado, aniquila el germen emprendedor que hay en cada ser humano que se arriesga por querer algo mejor para conservarlo, multiplicarlo y beneficiar a la colectividad con sus bienes o servicios.


Las riquezas no generadas por el trabajo privado y que se relacionan directamente con el capitalismo de estado, suelen despilfarrarse y no reinvertirse, son simplemente "gastadas" sin conciencia por la clase burocrática y también son el objeto de los actos de corrupción más impensables, y es por ello que el dinero público se desvanece como azucar en el agua y no regresa nunca.


Cuando un jefe de estado manifiesta un odio tan profundo al empresario privado con epítetos tan terribles como los que suele usar el presidente de Venezuela, sólo refleja el odio que tiene al progreso y al éxito, porque su vida se desarrolló dentro de un esquema improductivo de obediencia y sumisión como lo es el militar, y que nunca tuvo en sus manos la magia emprendedora del empresario lo que genera una aberración casi innata contra lo desconocido, contra ese mundo aterrador que es el de la responsabilidad empresarial, el tener que trabajar a sol y sombra para poder pagar salarios, impuestos, mantener a la propia familia y poder tener un mes más de vida dentro del mundo de la competencia.


Es la empresa privada el lugar donde la felicidad alcanza su plenitud, donde se puede desarrollar la mayoría de los valores humanos sociales e individuales.
El discurso odioso de los "ideólogos" revolucionarios exaltan el trabajo proletario, pero olvidan que en una sociedad contemporánea debe haber emprendedores que no pueden ser anulados por el capricho personal fracasado de equipararnos a todos a un prospecto de hombre que no tiene derecho a evolucionar sino a encasillarse dentro de esa categoría llamada "proletario".
Ojalá se recompensara al empresario y se le exigiera más y más; cómo quisiera que se valorará su capacidad de producir empleo y de progresar, que se impulsara su éxito, pero no, aquí se odia el progreso, y se evita el éxito.


Hoy, más que nunca, en un país gobernado por resentidos debido a sus fracasos productivos y sus políticas ineficaces, me siento muy orgulloso de provenir de una familia de empresarios, de economía privada, de gente independiente del capitalismo de estado, y espero que estas palabras les lleguen al corazón y a la mente.

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