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DIÁLOGO Y PAZ

Las dos palabras de moda en la República Bolivariana de Venezuela.

Permítome exponer mis consideraciones sobre ellas, con el riesgo de desmontar el llamado al diálogo, no porque no crea en el debate, sino porque creo que no debe someterse al país a más mentiras y padecimientos.

Llamar al diálogo requiere la valentía de reconocer que algo estoy haciendo mal y  que partiendo de ese reconocimiento de mi propios errores, puedo sentarme a comnversar con la contraparte. Sin ese presupuesto el diálogo es estéril, y sería sólo sentarse a oir argumentos cuyo poder de convencimiento para mi es nulo, puesto que no concibo mi error y mucho menos que el camino emprendido sea el incorrecto.

El diálogo se alimenta del intercambio de ideas que buscan generar una solución a un problema, pero si ese problema sólo apunta a un lado, porque del lado del gobierno no se ha hecho algo mal, y cito al presidente de la Asamblea Nacional "No podemos traicionar lo que hizo Chávez", entonces no hay puerta abierta al diálogo, pues sólo sería un espectáculo del reconocimiento de culpas de la oposición pero sin una sola asunción de responsabilidad de parte del gobierno. Gobierno que por demás, lleva 15 años de control absoluto del poder y ahora, del aparato productivo nacional.

El diálogo por la paz, es conflictivo, Palestina e Israel probablemente duren toda una eternidaden ello, con el telón de violencia de fondo y por ello, la agenda de dialogo tiene que considerar estos ejemplos infelices de la historia universal para entender la sinceridad que debe reinar al proponer el diálogo. Lo que implica que no es un tema sencillo de poner en la palestra, especialmente si tu agenda es política y por sobre todo busca la permanencia en el poder, por lo que disponer un diálogo moderado por quienes detentan de forma absoluta el poder político, puede generar un Tribunal como el que se dibuja en las monarquías absolutistas del medioevo y la temprana edad moderna, dónde el monarca podia ser juez y parte.

El problema venezolano no es exclusivamente político, y no te hace demócrata sentarte horas y horas a escuchar discursos complacientes de muchos y unos pocos que te plantean situaciones que no eres capaz de reconocer, como sucedió con la intervención de J. Roig, quien afirmó algo que salta a la vista, esto es "que el país no está bien", para luego dar paso al alcalde Jorge Rodríguez, quien dijo todo lo contrario. La falta total de voluntad para reconocer que el país está mal política, económica y socialmente, es la primera traba para el diálogo. Pues la idea de vender al gobierno nacional como propulsor del diálogo es una mentira tan grande como el macizo guayanés, pues su discurso ha sido ideológico y excluyente, con un ánimo subyacente de vender la reivindicación social como legitimación de la pobreza, en vez de solucionar el flagelo.

Dialogar con quien no quiere escuchar es como prohibir por capricho, quizá te haga ganar tiempo, pero no soluciona el problema de fondo que tarde o temprano te explotará en la cara. Puedes sentarte un mes con el empresariado, pero si no desmontas el control de precios, la escasez no va a dejar de existir. Puedes graduar mil polícías en una semana, pero si no atacas la raíz de la delincuencia, las cárceles seguirán siendo centros de masacre, y podrás crear cien ministerios, pero si no oyes a los sectores que hacen vida nacional, sólo tendrás gasto público burocrático. No es posible  establecer una agenda de paz para lograr la convivencia social, con quien no está dispuesto a escuchar, es como caminar engañado sobre un tablón vendado cuyo único objetivo es lanzarte al mar atado de manos, por muy animado que parezca, siempre terminas ahogándote.

Para poder dialogar y hablar de paz, primero debes reconocer que Venezuela necesita una gobierno de unidad nacional, que renuncie al socialismo a la chavista como única forma política de solución de los conflictos puesto que el pluralismo es la única solución a la sectarización en la política. En segundo lugar debe dejarse la descalificación y el uso de los recursos del estado para la manipulación política y el acoso a los medios de producción, lo que a su vez conlleva la restauración de la confianza a través de la seguridad jurídica, así como el reconocimiento de la violencia como política de estado y desmontarla sin reservas. Como punto tercero, debe abandonarse la excusa del apego a la legalidad sin justicia, puesto que el cúmulo de alegatos de apego a una interpretación complaciente a un bando político de la Constitución y demás leyes de la República no hacen sino contribuir a una desigualdad ante la ley, que no contribuye al diálogo, puesto que la corrupción y la vulneración de los derechos fundamentales son el día a día en el país. No deben haber presos políticos y debe dejarse la mentira de un lado, puesto que la prosperidad estadística está sustentada en la ideología y no en la realidad científica que debe prelar en un mundo global, la mentira no puede sustentar un gobierno.

En cuarto lugar, el diálogo es posible si se despolitiza la Fuerza Armada Nacional, y se saca del discurso político-militar la palabra "chavista", por ser excluyente de esa población que no cree ni creyó en un proyecto político personalista como el encarnado por el expresidente de la República; así como se tiene como necesaria la generación de confianza de no injerencia de ningún ente extranjero dentro de las políticas nacionales. Lo que nos lleva un quinto punto, el diálogo no puede ser exclusivo de los actores políticos, ya que debe ser incluyente de quienes padecen los mayores índices de violencia en el país, esto es las clases populares, puesto que es necesaria su participación para que el proceso de diálogo busque las salidas para sacar a esa gente del barrio, y dejar las políticas que legitimicen la miseria a la que son sometidos día a día, desde hace un siglo. Sentarse en una mesa libre de discursos ideológicos que los retóricos manejan tan bien, sin el chantaje de la izquierda y la derecha.

Solo así, con un gobierno que se siente en una mesa como parte y no como moderador, puede aceptarse el diálogo en el país, puesto que todo intento adicional sin sinceridad, sin una agenda que implique desprenderse del poder político, podrá llevar a una solución de la crisis ética, moral, estructural, política, social y económica que azota una nacion extremadamente rica, pero pobre en tantos aspectos que sería inútil describir así.
La paz solo es posible si se concibe como un camino al progreso de los ciudadanos para que pueda hablarse de progreso colectivo, de igualdad ante la ley, pero no cualquier ley, una ley verdaderamente justa, sin guerra de clases y menos aún exclusión de ningún tipo.
Por útlimo, el diálogo no puede ser una excusa para ganar tiempo en política, y si eso es así, la paz no llegará nunca.

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