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Acción política, mentira y humillación.


Hannah Arendt escribió en 1964 un ensayo titulado Truth and politics, que inicia afirmando que "nadie nunca ha dudado que verdad y política no van de la mano, y nadie nunca ha tenido en cuenta la honestidad como una de las virtudes políticas".  Para la alemana, las mentiras siempre han sido una herramienta justificada y "necesaria" para los políticos, demagogos o los hombres de estado.

Cuando como bloque unitario se habla del desconocimiento de la Constituyente, quizá el único acto verdaderamente constitucional de la plataforma MUD, se buscó la legitimación de tal decisión en la soberanía popular. Esta se ha complementado con la soberanía constitucional o principio de la Primacía de la Norma Suprema (sé que me ubico dentro del plano iuspositivista en este respecto). Yo, a diferencia de muchos, no dudo de la legitimidad de la Constitución de 1999 a pesar de que aquí he criticado sus debilidades. Por ello, creo que la denuncia de usurpadora del poder constituyente originario por parte de la Asamblea Nacional Constituyente es la única posibilidad dentro del discurso que se emite desde la plataforma unitaria, inclusive contando con un mandato popular (del referendo consultivo).

La verdad, nos explicaba Arendt, puede ser destruida por la persuasión y la violencia, pero no puede ser reemplazada. La verdad aquí es que la condición espuria de la ANC solo puede ser reconocida a través de la violencia institucional, desde el discurso se procura disponer que la humillación ante la ANC era una exigencia del pueblo, pretendiendo ser la nueva verdad. Una vez más la idea de pueblo se presenta como concepto amorfo que permite la tergiversación fácil para un fin político.

Sin embargo, la construcción de una nueva realidad, propiciada por la juramentación de unos gobernadores electos, bajo la excusa de proteger al pueblo, no reemplaza la verdad: La ANC carece de existencia en el plano del deber ser, usurpa las funciones constitucionales y la soberanía popular y, además, configura el mayor fraude que se haya cometido contra la República venezolana.

Los gobernadores electos (es fundamental que vindiquemos el lenguaje en este sentido), faltaron no solo a sus promesas sino al compromiso de responsabilidad que tiene todo actor del conflicto. La responsabilidad es característica esencial de la acción política, pues supone la obligación ético para con los individuos que se pretende representar. La juramentación ante la ANC es una parte más del golpe de Estado continuado que viene a llenar, de mala manera, el vacío estratégico de una oposición que carece de responsabilidad política(concepto que parece haber sido entendido solamente por Andrés Velásquez con su lucha por la gobernación de Bolívar y por Guanipa al negarse a prestar juramento). Estamos asistiendo, en primera fila, al ejercicio de la acción política para tergiversar toda la idea de democracia, y a replicar la frase lapidaria de Arendt (The promise of politics, 2007):

And there is no consolation for the calamity that politics has brought to people, or for the even greater calamity with which it now threatens all of humanity.

Arendt (The promise of politics, 2007) explica que la acción política tiene tres elementos: el fin que persigue, la meta que tiene en mente y que le orienta, y, finalmente, el sentido que se revela en el transcurso del desarrollo de la acción; pero también habla del espíritu de la acción, que por cierto toma prestado de Montesquieu, que no es más que la convicción fundamental que comparte un grupo de individuos al ejercer tal acción política. Es imposible que conozcamos los fines, las metas y el sentido de la acción de los gobernadores juramentados, porque la especulación de la perversidad nos puede llevar a la confusión. Lo que sí sabemos es que se aleja de los fines, las metas y los sentidos que suponen la lucha democrática, porque los principios de acción que orientan esas acciones políticas conllevan el reconocimiento del organismo más autoritario e ilegítimo que existe en el país.

La mentira como parte de la política es un asunto que debe estar subordinado a la propia responsabilidad en la acción. Debo seguir explicando con argumentos tomados de Arendt mi rechazo a la actitud de los gobernadores electos de juramentarse ante la ANC, la razón es sencilla, creo que nadie ha sido tan claro con la manera en que se presenta el autoritarismo como ella. En Truth and politics (1968), dice que, desde el punto de vista de la política, la verdad tiene un carácter despótico, y por ende es odiada por los tiranos que justificadamente temen competir contra ella, pues posee una fuerza coercitiva que no pueden monopolizar. 
Los tiranos hallan cómplices mediante la asignación de cuotas de poder, pero los cálculos políticos pueden ser peligrosos cuando se juega con el totalitarismo, que está representado en la ANC, gobernante, juez y parte de la cotidianidad venezolana.
Ante la ausencia de democracia, la exposición del individuo a la discrecionalidad del poder es un peligro para la propia existencia de la persona. Carecemos de democracia, y la prueba irrefutable de esta carencia es la Asamblea Nacional Constituyente, y no lo digo yo, lo opinan juristas conocedores de la materia (RafalliHernándezBrewer-Caríasmiembros de la UCAB) y la mayoría de los países democráticos del orbe.
El reconocimiento por parte de un grupo de gobernadores electos (recalco aquí que la elección a gobernadores es un acto constitucional, a pesar del fraude efectuado por la misma ANC y el Poder Electoral), a la ANC no legitima a este órgano, sino por el contrario, configura un hecho más del golpe de Estado dado por el chavismo a través de sus múltiples acciones, forma parte del continuado vejamen al ordo constitucional nacional, que ha destruido lentamente la democracia venezolana y que ahora cuenta con una "oposición oficial" como ocurre en la Rusia de Putin. Han acabado con eso “que los marxistas llaman desdeñosamente «mera libertad formal»" (Popper, 2006, p. 342), aunque se permitan ciertos espacios competitivos que hagan surgir la apariencia de libertad.

Los gobernadores electos que se juramentaron usaron la exigencia del pueblo para “humillarse”, cuando el sentido de la palabra "humillación" supone un contenido negativo que describe a la perfección sus actos. Además de inconstitucional, la juramentación supone una pérdida del sentido positivo de política, que nos atañe a todos, y que hiere de muerte las aspiraciones democráticas de un país como Venezuela, que se encuentra sumida en una crisis terrible en un tablero de juego geopolítico perverso y de depravación de recursos naturales incomparable a otro que haya ocurrido antes (solo vea usted el caso Arco minero del Orinoco para que comprenda el asunto, reportado en este diario de izquierdas para que no se me acuse de conspirar desde la derecha neoliberal).

En fin, vuelvo con Popper y su Sociedad Abierta, para recordar que “la democracia es el derecho del pueblo de juzgar y expulsar del poder a sus gobernantes, es el único medio conocido para tratar de protegernos del empleo incorrecto del poder político” (2006, p. 342). El mismo autor austríaco (Popper, “On the theory of democracy”,1999, p. 94), luego nos explicaría que existen solo dos formas de Estado: uno en donde es posible deshacerse de un gobierno sin un baño de sangre (bloodshed) y aquel en el que no es posible; el primero es una democracia y el segundo una dictadura o una tiranía. Esta frase la cito en mi disertación doctoral y la califico de extrema, pero hoy ante los hechos temo que será cierta para mi pobre país y espero con toda el alma equivocarme. 


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