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Posverdad, Fake News (o del cómo llegamos a creer que todo es un sabotaje)

Está en boga, a diario nos topamos con quien se queja del exceso de posverdad en la calle. Trump hace uso de la posverdad y yo, venezolano antirrevolucionario, la veo a diario en el discurso de los tipos que desgobiernan el país.

Hablar de posverdad supone hablar de posmodernidad. Esta tendencia occidental pretende acabar con las dicotomías tradicionales del pensamiento y las artes, aboga por los oprimidos y excluidos de las formas tradicionales, con el objeto de dar nuevas perspectivas a la vida social, al pensamientoo al arte. Una de las características del posmodernismo es la constante duda respecto de la historia, de lo que ocurrió realmente. De forma tal que Chávez fue un maestro del posmodernismo, acusando la historia y moldeándola para contar una más adecuada a "los intereses de los desprotegidos", y en la actualidad en España el posmodernismo se ensalza en levantar historias alternativas.

También ocurre en la Norteamérica del siglo XXI y en cualquiera que se levanta por la mañana a pensar que todo lo que ha tenido por cierto no es sino un producto de lo que otros creyeron que querían contarle. Esto último supone otro elemento de la idea posmoderna: No tenemos acceso a la verdad, no existe tal cosa, todo es "fake news". La idea de verdad objetiva, que hemos conocido y que es perfectamente descrita en la epistemología de Popper, que el mismo alega que proviene de Jenófanes, es suplantada. Mucho tiene de relativismo moral el posmodernismo, de forma tal que la verdad objetiva no existe, sino que solo conocemos la verdad relativa que depende de la perspectiva del que observa o vive.

Supone la corriente posmoderna una crítica a la razón que, para autores como Adorno, ha consistido en una imposición hegemónica y de dominación por parte de Occidente. En efecto, el posmodernismo acusa a la Ilustración de patriarcal, de euro centrista y de haber supuesto la minimización de todo aquello a un canon. El posmodernismo no concibe la superación de los problemas estructurales de la humanidad, por ello se empieza a valorar más lo emocional que la razón. Quizá, diría yo, la primacía de lo que queremos frente a lo que verdad conocemos y sabemos. No hay absolutos, no hay un canon para conseguir una vida adecuada, no hay imperativos categóricos, ni la moral es una sola.

Incluso, al posmodernismo se le puede adjudicar esa visión del arte en el que los cánones de belleza y concepción dan paso al subjetivismo, que supone que el valor depende de aquél que mira la obra y lo que le hace sentir. Kandinsky, por ejemplo, insistía en el sentimiento como la guía siempre fiel en el arte, y que la composición de la pintura descansaba en un único gran fundamento, que es el "principio de la necesidad interna" (Kuspit, D., 2003, p. 123).

Incluso, quienes acusan a Occidente de haber sucumbido a la infantilización, como J.M. Blanco (aquí pueden leer su entrada de blog) afirman que la adolescencia, hoy día, no acaba, y mucho tiene que ver con esa lucha contra la razón y que presupone encontrar en el idealismo la propia forma de vivir la vida que se espera. I. Berlin, con acierto, decía que "el idealista es una persona que se despoja de todo lo que puede atraer naturalezas más bajas -riqueza, poder, éxito, popularidad- con objeto de servir a su ideal interior, con objeto de crear su yo interno" (Berlin I., 2004, p. 92). De manera tal que, en nuestra era posmoderna, la satisfacción de nuestros deseos puede incluso decantar en negar la realidad, como la reproducción de la idea de poder renunciar al trabajo y dedicarse a recorrer el mundo con una mochila, porque eso hace la gente feliz. O volcar nuestra atención a la idolatría de personas que, como nosotros, tienen defectos y virtudes, pero gozan de un halo de popularidad que nos desconecta de la realidad que la razón nos fuerza a vivir.

Es esa misma sensación de satisfacción que nos produce el erigirnos de autoridad moral en las redes sociales cuando podemos ser jueces, fiscales y verdugos de un presunto delincuente. No nos interesa la verdad procesal, sino descargar nuestra emocional carga de indignación en contra de equis cosa. Por eso, compramos los discursos de aquellos que hablan en nombre de los mejores sentimientos humanos, de los que atizan la llama de la indignación, porque para el idealismo lo más despreciable del ser humano es traicionar los ideales.

Un posmoderno famoso, Lyotard, tomaba como fundamental el lenguaje (creo, sin conocimiento absoluto de causa, que se basaba en los juegos del lenguaje de Wittgenstein), y consideraba que los procesos de emancipación partían de estos vericuetos del lenguaje. No es extraño, entonces, que encontremos en la actualidad tantas corrientes que vindican cambios en el lenguaje "para hacerle inclusivo", pero claro, no soy filósofo del lenguaje ni mucho menos experto en autores posmodernos, y lo que quiero es dar una pequeña noción de lo que creo que ocurre, para así poder llegar a mi punto, la posverdad.

A Göbbels se le adjudica la autoría de la frase que representa la idea que quiero poner de relieve: "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad", pero no es una noción de su simple autoría. En este artículo de El País, nos cuentan cómo se usó la idea de mujeres fumando tabaco como un acto de rebelión contra los hombres, cuando lo cierto es que era una táctica para aumentar las ventas en un sector no explotado. De igual forma, Arendt (tanto en Los Orígenes como en otros artículos), enseña como los totalitarismos propiciaron aprovecharse de la noción de verdad para poder construir una narrativa, un discurso que generase cohesión en contra de un enemigo. Asimismo, conocemos con creces que en Corea del Norte se propaga en la población una idea muy diferente de los sucesos de la guerra de Corea, junto con la construcción de una imagen deificada de los líderes supremos para poder propagar la ideología juche.

Posverdad es un término usado para identificar la distorsión de la realidad, distorsión que es ocasionada por el interesado en causar esa impresión: de forma tal que el chavismo se erige de garante de la paz, al tiempo que Portugal es el ente saboteador, instrumento del imperio, y Leopoldo López incitó a la violencia. En estos tres supuestos, hay una distorsión de la realidad que cala en los destinatarios de forma diferente, siendo el caso de Leopoldo López una verdad institucionalizada dentro de la dogmática de la izquierda revolucionaria internacional.

La posverdad también oculta desgracias, como la tendiente a magnificar la obra política del perejimenismo, escondiendo otras cosas o propiciando una noción de progreso que suplanta la necesidad de conocer la historia (recordemos que al posmodernismo poco le interesa en tanto nuestras emociones y sentires sean satisfechos), de manera tal que los historiadores terminan siendo unos tarifados que, por sus tendencias marxistas, no son capaces de reconocer la magnanimidad de Marcos Pérez Jiménez, opacando la memoria de los torturados y asesinados.
A la posverdad no le interesa la opinión de los expertos ni los doctos, tampoco la evidencia. Así, hoy, todavía hay quien niega que Barack Obama hubiese nacido en territorio estadounidense (aquí les dejo una entrada entera de la Wikipedia sobre el asunto de su nacimiento), y ayer Trump decía en un tuit que el invierno más frío era un muestra de que no hay tal cosa como el calentamiento global.


En la difusión de la mentira (es decir, de la posverdad), hace mucho la cámara del eco o el vivir en una burbuja. Esto puede ocurrir, si, por ejemplo, toda la información que consumes proviene de Rusia Today o de Venezolana de Televisión. Lo mismo que enseña la película independiente de Brigsby el Oso, en tanto la forma en que un individuo puede aislarse al no compartir espacios con personas con opiniones disímiles. La posverdad no es más que neolengua para "mentir deliberadamente", y es altamente peligrosa porque nos aleja de la razón, inclusive AC Grayling afirma que es una forma de corrupción en la integridad intelectual, y es un daño al tejido de la democracia (en este último caso proporciono el link del maldito bulo sobre el conteo de los votos en España, que la posverdad atribuye a INDRA, aunque expertos y no expertos insistan en que no es cierto, haciendo un verdadero daño a la credibilidad democrática).


La posverdad se sostiene en un asunto que discuto día a día en Twitter -@abguribe para los que no me siguen todavía-, esto es: mi opinión vale más que los hechos, porque alguien me dijo que yo tenía derecho a tener mi propia opinión. Pero esto no es así, pues usted tiene todo el derecho a opinar que la tierra es plana -como estos individuos de aquí- y aun así no tener derecho a propagar tal falacia, porque es una mentira objetiva. En este sentido, Alasdair MacIntyre nos hace pensar en una situación similar en su ensayo Tolerancia y las bondades del conflicto (2006), en donde se plantea la pregunta ¿debemos tolerar que un individuo x con una opinión desfasada (negación del Holocausto) propague esa información en una Universidad? Lo que el autor subraya es que existen posturas ya superadas o descartadas por la evidencia científica o histórica. Estas deben dejarse de lado y no debe permitirse participar del diálogo racional a quienes pretendan sostener posturas que se consideran superadas.

Un científico reconocido no debería poder enseñar el creacionismo en sustitución de la evolución, por ejemplo. O un negacionista del Holocausto no podría enseñar historia de la segunda guerra mundial, sin que esto suponga que, en su vida privada, sostuviesen la opinión que mejor les pareciese. Es sencillo, una opinión no es más que la percepción sobre determinado asunto que no tiene que ajustarse a los hechos, y se debe respetar a las personas, no a las opiniones, especialmente cuando atentan contra la verdad misma.  Suscribo las palabras de Grayling, cuando acusa al relativismo y al posmodernismo de la propagación desmesurada de la posverdad (no diré que es Trump el que lo ocasionó, sino que es un efecto de lo mismo, como lo es el chavismo, o como lo es el Brexit).

Para combatir la posverdad debemos ser responsables en nuestro  ejercicio de difusión de la información, en la verificación de las fuentes, así como la credibilidad de quienes difunden las noticias. Incluso, una de las herramientas más importantes es esa que nombré antes, Maldito Bulo.
En conclusión, solo me queda decirles: menos posverdad y más verdad. Más racionalismo y menos idealismo.

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